Las fallas a 300 kilómetros de distancia, por Rosa Salom

Rosa Salom

Rosa Salom

@rosalom

Vivo en Madrid desde hace más de diez años. Concretamente, a 357 kilómetros de Valencia. Y aunque no es una distancia corta y ha pasado mucho tiempo desde que cambié una capital por otra, mi fascinación por las Fallas nunca se ha desvanecido. Para mí es la mejor fiesta del mundo. Así de rotundo.

Desde que empieza a notarse el ambiente hasta que recogen las cenizas de los monumentos, sigo con mucho interés toda la agenda fallera: la Crida, la primera mascletà (y por supuesto las siguientes), la Plantà, los premios, la Cremà…

Afortunadamente, tanto internet como las redes sociales ayudan mucho a informarnos al minuto. Tenemos acceso a multitud de imágenes en todo momento y en los últimos años, gracias a webs como Official Press, podemos ver en directo la Mascletà.

Aunque, la gran suerte es, si el calendario laboral lo permite, poder escaparse aunque sea un fin de semana a ver las fallas en vivo y en directo. Los artistas falleros se superan cada año con los monumentos, que siempre sorprenden y muestran en forma de ninots su particular análisis de la actualidad. Me da que este año, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ¡va a estar muy presente!

Estoy feliz de pensar que este sábado podré ver la mascletà in situ i durante unas horas formar parte del ambiente fallero, que es único. Ese olor a pólvora que me encanta, escuchar el himno fallero prácticamente en modo bucle, hacer un tour por las fallas (Antiga Campanar, Convent Jerusalem, Exposisió, Na Jordana, son algunas de mis imprescindibles) aunque también me encanta callejear y contemplar otras menos conocidas y no por ello menos bonitas. Y lo bien que sienta merendar-cenar unos buñuelos con chocolate. Y ya de madrugada, acudir al antiguo cauce del Túria para contemplar los fuegos artificiales y por supuesto, acabar la noche bailando en alguna de las animadísimas verbenas.

Perdonad que me repita… ¡Pero es que para las Fallas mí son las mejores fiestas del mundo! Seguramente, es por eso que siempre me molesta un poco cuando la gente que no es valenciana me hace la pregunta del millón: ¿qué sentido tiene quemar los monumentos, con lo bonitos que son? Y es entonces cuando cojo aire y les explico…