‘Un 18 de marzo, tal día como hoy sucedió…’, por José Luis Fortea

forteaJosé Luis Fortea

18 de marzo………………… y entonces sucedió que…………………….

…… en el año 37, dos días después de la muerte de Tiberio y habiéndose autoproclamado ya emperador, el Senado de Roma, cumple el trámite y reconoce a Cayo Julio César Augusto Germánico, a sus veintidós años, como su máxima autoridad, más conocido en los anales de la historia como “Calígula”, sobrenombre este que le viene dado desde los dos o tres años de edad, cuando acompañaba a su padre, “Germánico” Julio César, el hermano de Claudio, el próximo emperador, en las campañas contra los bárbaros en la Germania, ataviado con un uniforme militar completo, confeccionado a su medida, con su coraza y sus “botitas” (que al fin y a la postre es por lo que podría traducirse este remoquete de Calígula, por “botitas”), como diminutivo de caligae, que era el tipo de calzado utilizado por los soldados romanos, compuesto por una suela adornada en la base con tachuelas de hierro y sujeta al pie, en su parte central y por el tobillo, con unas tiras de cuero.

Gracias al historiador y biógrafo romano Suetonio, autor de la obra “De vita Caesarum”, (traducido como “la vida de los doce emperadores”), tenemos detalles sobre este perverso e injusto personaje, testigo, a los diez años de edad, de la muerte de su propio padre, al parecer por orden del entonces emperador Tiberio, quien había visto en el general Germánico, un posible y poderoso rival político.

Calígula fue capaz de disimular sus verdaderos sentimientos de odio y rencor hacia el emperador, el asesino de su padre, que le acabaría incluso adoptando, llegándole a nombrar como su propio sucesor, convencido este de su cumplida lealtad, y del que, no cabe duda, aprendió las malas artes que durante su mandato Tiberio evidenció, no dudando en ejecutar a quien consideraba como posible enemigo, simple adversario o competidor, hasta incluso de aquellos de su propia familia, si fuere menester, de quien se llegó a decir que no había familia en Roma que no contase con un miembro asesinado por este, y que con la actual expresión de “armarse un tiberio” se alude a aquellas situaciones donde se produce, ruido, confusión o alboroto.

Los primeros meses de gobierno de Calígula como emperador fueron altruistas y generosos, hasta que a los siete meses, en el mes de octubre, le sobrevino una grave enfermedad, que le llevó hasta el mismo umbral de la muerte. Para el historiador Tito Flavio Josefo, el haber estado tan próximo a la cesación le supuso un brusco giro en sus quehaceres y una mutación en su manera de regirse, una especie de punto y aparte, de alguien que empezó a vivir atormentado al caer la noche, padeciendo terribles pesadillas, durante esos breves descansos, sufriendo de insomnio, siendo incapaz de poder dormir más de tres horas seguidas y desarrollando aún más si cabe un perfil psicópata y antisocial, y que una vez recuperado de esta rara enfermedad, llegó a ordenar cumplir la garantía del juramento de quienes habían ofrecido sus vidas a los dioses, por la recuperación del emperador, y decretó la muerte de “Gemelo” (nieto de Tiberio), acusado de conspirar contra él durante su enfermedad.

Suetonio, señalaba en su obra la frase atribuida a este singular personaje, -“Que me odien, con tal de que me teman”- que resume su corto e intenso mandato de tan sólo cuatro años en el poder, para quien el simple hecho de observarle directamente desde lo alto, al pasar este, llegó a considerarse delito capital o sencillamente llegar a pronunciar la palabra “cabra”, en su presencia, bajo cualquier pretexto, suponía la pena de muerte.

Dilapidó una verdadera fortuna en unas construcciones extravagantes y proyectos sin sentido, en banquetes y ceremonias, donde agasajaba a sus invitados, y mientras comía y bebía presenciaba ejecuciones, la mayoría arbitrarías, que despertaban sus más oscuros instintos, tomando sexualmente a la esposa de cualquier invitado y regresando a la mesa para continuar con aquellos festejos, comportándose como un dios viviente entre mortales, llevando a cabo una opresión y una arbitrariedad plagada de excesos, de escándalos, extravagancias y perversiones, que llevaría a su propia guardia pretoriana, la misma que debía custodiarle, liderados por Casio Querea, a urdir su eliminación, que será llevada a cabo, un día 24 de enero del año 41.

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…….. en 1965, el cosmonauta ruso Alexéi Leónov, a sus treinta años de edad, encontrándose a unos 500 kilómetros de distancia de la tierra, en su nave espacial, la “Vosjod 2”, al proceder a una segunda vuelta a la órbita creada, realizó la que es considerada como la primera salida del hombre al espacio abierto, “la primera caminata espacial”, con una duración de casi veinticuatro minutos, suspendido a una distancia de unos cinco metros, siendo este, el segundo golpe de efecto que daba la Unión Soviética sobre los Estados Unidos, en la que se venía denominando como la “carrera espacial”, tras el primer viaje al espacio de un ser humano, realizado por la nave Vostok 1 siendo su protagonista el también ruso, de Klúshino, Yuri Gagarin.

En dicha maniobra, no exenta de incidencias, Leónov tuvo que hacer frente a una serie de inconvenientes, no previstos durante las prácticas que meses antes habían sido realizadas en tierra, ya que al parecer el traje espacial se había hinchado y no le permitía entrar de nuevo a la nave, teniendo que comprimir este, extrayéndole aire del traje, en la misma escotilla de entrada, en una operación considerada como de alto riesgo, y en la que de igual forma fueron conscientes entonces de ciertos fallos en su diseño estructural al echar en falta un elemento de sujeción que facilitase la entrada a esta, que no hubiera podido completar, sin la estimable ayuda del otro cosmonauta que le acompañaba en la misión, Pável Beliáyev.

A dichos inconvenientes y en su descenso a la Tierra, al parecer el sistema automático de control de descenso se averió teniendo que asumir Beliáyev los controles de la nave de forma manual y elegir el lugar preciso del aterrizaje y al llegar el momento conectar los motores, produciéndose este en el territorio inhabitado y cubierto de vastos bosques de la Taiga, donde los grupos de salvamento tardarían tres días en rescatarlos.

De una misión de la que este cosmonauta, a los medios de comunicación, una vez a salvo dijera;

-”Lo que más me ha impresionado de estar allí arriba en el espacio exterior, es su silencio”-

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……. en 2011, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, emitía la sentencia de apelación definitiva de una demanda interpuesta por la señora Soile Lautsi contra el Estado de Italia en 2001, número de demanda 30814/06, en el que se conoce como el asunto Lautsi.

Sole Lautsi, era una madre italiana de origen finlandés, que en el año 2001, al  descubrir crucifijos en las clases de sus dos hijos, Dataico y Sami Albertin, en la escuela pública de Abano Terme, de Venecia, expresa su reprobación en aquellos momentos, solicitando a la dirección del centro, que estos símbolos religiosos fueran retirados, argumentando que la exposición de la cruz en las aulas de la escuela pública frecuentada por sus hijos era una injerencia incompatible con la libertad de convicción y de religión así como con el derecho a una educación y a una enseñanza conformes a sus convicciones religiosas y filosóficas.

Ante la negativa de la dirección del centro, la joven madre miembro de la “Unión de ateos y agnósticos racionalistas” llevó el asunto por la vía judicial, ante la Corte constitucional, llegando el asunto hasta el mismo Consejo de Estado que en 2006 rechazaría dicha denuncia, argumentando que la cruz era uno de los valores laicos de la Constitución italiana. 

Tras la decisión del Consejo de Estado, y agotadas por tanto las vías nacionales, la demandante acudió hasta el mencionado Tribunal Europeo de Derechos Humanos, interponiendo la consiguiente demanda el día 27 de julio de 2006, de la que en un primer momento obtuvo, tres meses después, la condena al Estado italiano por la presencia de crucifijos en las aulas, estimando los siete jueces de la Corte, por unanimidad, el martes día 3 de octubre de 2006, que los crucifijos eran contrarios al derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y al derecho de los hijos a la libertad religiosa, dando por tanto la razón a la señora Lautsi.

Frente a esta decisión, el Gobierno italiano (apoyado en sus conclusiones por otros miembros del Consejo de Europa y países como Bulgaria, Grecia, Lituania y Rusia, entre otros), interpuso ante la Gran Sala de este mismo Tribunal Europeo un recurso, del que con quince jueces a favor y dos en contra, el 18 de marzo de 2011, revertió la anterior sentencia, dando la razón sobre este asunto a las autoridades italianas, alegando que “mantener los crucifijos en las escuelas públicas no viola el derecho de los padres a asegurar la instrucción de sus hijos según sus convicciones religiosas y filosóficas”.

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