Susana R.A.
La polémica surgida alrededor de las fotografías oficiales de las candidatas a Falleras Mayores de Valencia 2027 debería servirnos para reflexionar sobre algo que va mucho más allá de una imagen, de si nos gusta más o menos o de si consideramos que una persona aparece más o menos favorecida. No podemos olvidar que estamos hablando, en su inmensa mayoría, de personas anónimas que de repente se encuentran en primera línea de la exposición pública simplemente por intentar llegar a ser algo grande dentro de su fiesta, por perseguir uno de los mayores sueños que puede tener una fallera. Mujeres y niñas que pasan prácticamente de un día para otro de vivir su vida cotidiana a ver cómo sus fotografías circulan por medios de comunicación, redes sociales y grupos de mensajería, sometidas además a las opiniones de cientos o miles de personas que no las conocen absolutamente de nada.
Ser candidata no significa aceptar que todo vale
Y no, estar expuestas públicamente como consecuencia de este proceso no da derecho a reventar la imagen de nadie con memes, burlas, comparaciones o críticas sobre su físico. Ser candidata no significa conceder permiso para que cualquiera pueda utilizar una fotografía para ridiculizarte. Tampoco obliga a soportar cualquier comentario bajo el argumento de que “se han expuesto voluntariamente”. Se han presentado para intentar representar a su fiesta, no para convertirse en objeto de escarnio público. Existe una diferencia enorme entre aceptar la visibilidad que inevitablemente acompaña a este proceso y asumir que esa exposición convierte a una persona en un blanco sobre el que todo vale.
Detrás de cada fotografía hay una mujer o una niña con sentimientos, inseguridades, preocupaciones, una familia y una historia que desconocemos. Vemos una imagen durante unos segundos, pero no sabemos absolutamente nada de la batalla interna que puede estar librando la persona que aparece en ella. No sabemos cómo se encuentra cuando abre su teléfono y descubre que su cara se ha convertido en un meme. No sabemos si atraviesa un momento complicado, si lleva años intentando superar una inseguridad o si precisamente aquello que alguien ha decidido señalar públicamente constituye uno de sus mayores complejos. No sabemos qué ocurre cuando deja de sonreír para la fotografía, vuelve a casa y se queda sola con todo lo que ha leído sobre ella.
Vivimos en una sociedad en la que parece haberse instalado la necesidad de opinar sobre todo y, especialmente, sobre el aspecto físico de los demás. Las redes sociales han convertido cualquier fotografía en un escaparate abierto al juicio inmediato. Basta con unos segundos para decidir si alguien está más guapo, menos favorecido, diferente, más delgado, más gordo o simplemente no responde a la imagen que nosotros esperábamos encontrar. Lo escribimos, pulsamos publicar y seguimos adelante. Para nosotros quizá hayan sido diez segundos. Para la persona que recibe ese comentario puede ser algo muy diferente.
Pongámonos durante unos minutos en su lugar
Imaginemos a una joven que lleva años soñando con ser candidata a Fallera Mayor de Valencia. Ha crecido en una comisión, ha vivido las Fallas desde pequeña y un día tiene la oportunidad de representar a su falla. Después llega la preselección y escucha su nombre. Su familia se emociona, sus amigos celebran y su comisión siente que comienza una aventura extraordinaria.
De repente pasa a estar mucho más expuesta públicamente. Llegan las entrevistas, los actos, las fotografías y las redes sociales. Personas que jamás han hablado con ella comienzan a opinar sobre ella.
Y en algún momento aparecen comentarios sobre su físico.
Nosotros vemos solamente a una candidata. Ella quizá está viviendo uno de los momentos emocionalmente más intensos de su vida.
No sabemos cómo gestiona esa exposición. No sabemos si es una persona extremadamente segura o si le cuesta enfrentarse a las opiniones de los demás. No sabemos si está atravesando algún problema personal que absolutamente nadie conoce. No sabemos si llega a casa después de un acto y se derrumba por motivos que nada tienen que ver con las Fallas.
No sabemos qué batalla está librando.
Y eso debería bastarnos para ser prudentes.
Dejémoslas disfrutar
Dejémoslas vivir esta experiencia. Dejémoslas disfrutar, emocionarse, aprender, equivocarse y regresar cada noche a casa sin miedo a descubrir qué nuevo comentario ha decidido hacer un desconocido sobre ellas. Bastante exigente es ya ponerse delante de cientos de miradas como para tener que soportar además la crueldad gratuita de quienes olvidan que al otro lado de una pantalla alguien siente.
Podemos opinar. Podemos discrepar. Podemos hablar de Fallas y del proceso de elección todo lo que queramos. Pero hay una frontera que nunca deberíamos cruzar: la dignidad de las personas. Y cuando hablamos de niñas, esa frontera debería ser todavía más infranqueable.
Antes de compartir un meme, escribir una burla o pulsar “publicar”, quizá bastaría con hacernos una pregunta muy sencilla: ¿cómo me sentiría yo si esto fuera conmigo?
No lo sabemos.
Por eso, seamos amables.
Porque una fotografía dura un instante, una polémica apenas unos días, pero hay palabras que pueden quedarse dentro de una persona durante toda la vida.
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