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Opinión

Papel Secundario por Alberto Gil

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[Alberto Gil: La remontada]

Las redacciones de los periódicos. Sin reuniones de temas, ni de portada, ni de cierre. Sin planillos, sin maquetas, sin páginas tachadas. Sin cintillos, sin cajas de texto, sin pies de foto. Sin becarios despistados, sin periodistas poco hechos, sin veteranos de vuelta… no son redacciones. Sin un director perfil Vicente Bau… no son redacciones.

“¿Qué te parece si fichamos a Tito Bau como director?”. Pregunta de uno de los de arriba tan protocolaria, como innecesaria. La incorporación del hasta entonces jefe de prensa del Valencia CF a la dirección de Superdeporte en septiembre del 94 estaba más cocinada, que cocinada.

Sin superar aún el debate sobre si tenía hueco un periódico deportivo diario en Valencia y con aún la torpeza de los imberbes primeros números en papel los lunes y los viernes, el nuevo director, con una impostada, pero creíble contundencia, afirmó: “¡A partir de mañana todos los días en el quiosco!”. Una afirmación acojonante, en cualquier acepción de la palabra. No eran castillos en el aire.

Y desde ese día Superdeporte lo cambió todo. Zarandeó modos y costumbres periodísticas, aportó otras nuevas; y arriesgó sobre lo arriesgado. Puso sobre el papel el periodismo de bufanda del valencianismo (no es peyorativo) y fue la conjunción en una cantera de decenas de periodistas con intención de serlo.

Y empezamos a convivir con ir todos los días a Paterna, con titulares estrambóticos, con el “Chucurruc y al gamber” de Insa, con los “A banda”, con los nuevos fichajes pisando la redacción antes que su hotel, con promociones inverosímiles, con la guerra de guerrillas con la prensa nacional y hasta con ideas delirantes como la clandestina mascota, “Superat”.

Sentiros todos los que habéis contado 25 años del deporte valenciano y los que formáis hoy su redacción (aupados también por el primer director Paco Nadal y sus sucesores), representados por él, por el espíritu y el marchamo periodístico de Tito Bau, el que llevó el chorizo a la portada en papel, un papel hoy ya por desgracia… secundario.


PDT.- En julio anunciaron que ya no se va a editar el diario en papel. ¡Larga vida a la edición online de Superdeporte! Su espíritu sigue vivo

Opinión

La Fonteta de Pipo por Carlos Egea

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[Carlos Egea: El rincón de pensar]

Hay lugares que te transportan a la felicidad. Sin quererlo, sin buscarlo, casi sin necesitarlo. La puerta de tu cole, tu casa antigua donde fuiste feliz con la familia, la iglesia de tu boda, si todo ha ido bien, algún lugar de fiesta que ya cerró… ese loco y nostálgico sentimiento que vive en nuestro interior.

Y uno de ellos como no es la Fonteta. Ahí viví el primer ascenso del Pamesa, miles de noches mágicas, alguna carrera brutal de atletas inmensos, y el fútbol sala.

Primero con mis primeros pinitos radiofónicos y esa narraciones del Matador vistiendo los colores de Autocares Luz y luego con mis pequeños tesoros personales.

Para la Fonteta es Pipo Arnau, mi eterno maestro.

Por la influencia que tenía en el esa cancha de básket trasformada en pista de fútbol y luego por todo lo vivido defendiendo la camiseta de Deportes Arnau. Con Pipo ahí fui feliz y aprendí que ganar es muy divertido pero que no es lo más importante.

Pipo llegaba a la Fonteta y era como si el dueño del cortijo invitara a cervezas. Mil saludos, mil abrazos, mil anécdotas. Todo bajo ese truhan que convivía con el.

Recuerdo vivir ahí una de las mejores y más marcianas historias que tuve con el.

En un partido de nuestro equipo, Pipo se había liado con las fichas y algunas fotos no coincidían con los nombres. Eso te obligaba a usar la memoria y acordarte del nombre completo. Nuestro portero se llamaba Antonio, pero ese día era Pedro Garrido. El árbitro se percató que le llamábamos Antonio y paró el partido, entonces llamó al portero y a nuestro capitán. Muy serio le preguntó “¿cómo te llamas?” y él dijo “Pedro,” “¿y de apellido?” le volvió a preguntar, y el chaval, con toda la vergüenza del mundo, dijo… “No me acuerdo”. Nunca volvió.

Y así fueron pasando los años y ese lugar siguió con la magia de los recintos eternos. Y yo seguí viendo a Pipo pasear su humanidad como aficionado con la humildad de los elegidos.

Y la Fonteta baja el telón ante la tristeza infinita y la radiante ilusión. Nada será igual, nada lo es desde que marchó él. 38 años, demasiados recuerdos. Hasta siempre.

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