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Cultura

Fallece el histórico académico de Bellas Artes José Huguet

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Fallece el histórico académico de Bellas Artes José Huguet

El reconocido miembro de la Academia de San Carlos de Bellas Artes de València y destacado coleccionista de arte, José Huguet Chanzá, ha fallecido a los 94 años de edad en su hogar de València.

Nacido en Benifaió, Huguet fue una figura clave en el panorama cultural de la Comunitat Valenciana, conocido por su pasión por la fotografía, los mapas, y la cartelería, campos en los que fue un verdadero pionero.

Una vida dedicada al Arte y la Cultura

José Huguet fue nombrado miembro de honor de la Academia de San Carlos en 2004, un reconocimiento a su extensa carrera como escritor, investigador y coleccionista. Su legado incluye la creación del Museo de la Imprenta, un proyecto que desarrolló con dedicación y que abrió sus puertas en el Monasterio del Puig, gracias a la colaboración de la Orden de los Mercedarios, quienes le cedieron un espacio para su colección.

El Museo de la imprenta: Un proyecto fundacional

El Museo de la Imprenta fue uno de los logros más significativos de Huguet.

A través de su conexión con relevantes figuras de la cultura, logró reunir más de 200 piezas que enriquecieron la colección. Además, la colaboración con fotógrafos de renombre como Ricardo Vic y Vicent Sales permitió que la colección creciera hasta alcanzar casi mil piezas, incluyendo carteles, grabados, folletos y mapas.

Gracias a su visión y dedicación, el museo fue donado a la Generalitat Valenciana bajo el mandato del presidente Francisco Camps, quien lo aceptó y, en un acuerdo con la orden eclesiástica, facilitó su alquiler. En 2008, el museo se transformó en el Museu de la Imprenta i les Arts Gràfiques, consolidándose como uno de los principales referentes culturales de la región y hermanándose con el prestigioso Museo Gutenberg de Maguncia.

Huguet: Un legado imperecedero

A lo largo de su vida, José Huguet dejó una huella imborrable en la cultura de València y de la Comunidad Valenciana. Su pasión por el arte y su incansable trabajo en la preservación de la historia gráfica y fotográfica de la región lo convierten en una figura fundamental dentro de la historia cultural española.

Su fallecimiento marca el final de una era, pero su legado perdurará a través del Museu de la Imprenta i les Arts Gràfiques, y de su contribución al enriquecimiento cultural y artístico de València.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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