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Cultura

Las obras de Sorolla transformadas en pañuelos de seda para una «colección exclusiva»

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obras Sorolla pañuelos seda
Imagen cedida por el Museo de la Seda.

València, 4 jul (OFFICIAL PRESS-EFE).-El Museo de la Seda de València celebra el Año Sorolla con motivo del centenario del pintor valenciano con una colección exclusiva de pañuelos que reproducen sus obras «Paseo a orillas del mar» (1909), «El jardín de la casa de Sorolla (1919), y «Monte Ulía, San Sebastián» (1918).

Una colección exclusiva

La colección se ha presentado este jueves en la Capilla de San Jerónimo del Colegio del Arte Mayor de la Seda con la presencia del presidente de la Comisión Permanente del Patronato de la Fundación Museo Sorolla, Antonio Mollá, y el presidente de la Fundación del Colegio Arte Mayor de la Seda, Vicente Genovés del Olmo.

Para Genovés, «es un honor para el Colegio del Arte Mayor de la Seda haber desarrollado estos pañuelos que representan tan bien la obra de Sorolla».

«Ojalá esta colaboración con la Fundación del Museo Sorolla sea la primera de muchas que sirva para proyectar la imagen de Sorolla a través de la seda», ha añadido.

El Museo de la Seda celebra el Año Sorolla con una colección exclusiva de pañuelos

La iniciativa se ha materializado desde la Fundación del Colegio del Arte Mayor de la Seda, que ha estado en conversaciones con la Fundación Museo Sorolla hasta lograr la excelencia de estos pañuelos, con tres obras representativas del reconocido pintor valenciano.

Mollá ha explicado que la Fundación Museo Sorolla «acude a aquellas presentaciones que considera que están al nivel del pintor; necesitamos que haya una excelencia, un buen trabajo y un buen producto de calidad».

Imagen cedida por el Museo de la Seda.

«No apoya que la obra esté en cualquier soporte, pero en este caso, no hay textil de mayor categoría que la seda. Estamos muy satisfechos de esta colaboración», ha afirmado.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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