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Cultura

La peregrinación para despedirse de Lola, la maniquí más famosa de Valencia

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maniquí Lola
foto Hugo Román

La tienda y hogar de la maniquí Lola, 100% Pirata, cuelga el cartel de liquidación por cierre, dos años después de cambiar su ubicación. La maniquí más famosa de València se despide del número 19 de la calle Erudito Orellana, sacando su mejor sonrisa para todo aquel que se acerca a despedirse de ella.

La maniquí Lola

La pandemia y el elevado alquiler obligaron a trasladar la tienda 100% Pirata, justo dos años después vuelve a despedirse de su público tras comprobar que la situación no ha mejorado. Mari Paz Escrig, dueña de la tienda comenta la mala situación que sufren los comercios de barrio y a la que no pueden hacer frente. «Todo está fatal» afirma Escrig.

Más de  años en los que había sido psicóloga de muchos transeúntes en aquel improvisado diván. Amiga y compañera de penas de muchos vecinos que le saludaban o lloraban a diario. Miles de fotos y ‘selfies’. Ahora hay una gran peregrinación para despedirse de ella en que la gente acude para hacerse «selfies», para recordar a la maniquí más famosa de València.

Pero, a pesar de que la tienda de Erudito Orellana echa el cierre, como la gran mayoría de comercios de barrio, seguramente volvamos a verla. Esta vez en la calle Hospital, en la tienda «Ruta de la Seda», otro de los comercios que tienen sus dueños. «Lola es mucha Lola y seguirá estando cara al público», confiesa Escrig.

Foto: Hugo Román

Hace veinticinco años Mari Paz Escrig y Christian abrían 100% Pirata, primero en un chaflán de Ángel Guimerá, después en Erudito Orellana, convirtiéndose en un referente del barrio. La calidez y las buenas vibraciones que transmiten tanto sus productos como Mari Paz y todo su equipo se nota nada más abrir la puerta. Su trato y cercanía hace de 100% Pirata y su otro local, La Ruta de la Seda, lugares mágicos, únicos. Sitios en los que encontrar relax, un remanso de paz y buena onda en medio del alboroto de la ciudad y a los que, sin duda,  todos echaremos de menos

Porque, ni Barbarroja, ni Barbanegra ni Jack Sparrow. Si hay alguién pirata al 100% esa es Lola, la maniquí más famosa de València.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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