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Cultura

València rinde homenaje a Berlanga con una placa en la casa donde pasó su infancia y juventud

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Hoy se ha descubierto en València una placa homenaje a Luis García Berlanga en la casa donde pasó buena parte de su infancia y juventud, en la calle Barcelonina 1, donde se situaba el Hotel Londres. El reconocimiento tiene lugar el Día del Cine Español, que se celebra por primera vez este año, y coincide con la fecha de finalización del rodaje de “Esa pareja feliz”, el primer largometraje del realizador valenciano.

Toni Cortés

Esta iniciativa forma parte de las actividades con motivo del Año Berlanga, que se extienden hasta el próximo 12 de junio y con las que se pretende divulgar la obra del cineasta y aproximar su figura a la ciudadanía en el centenario de su nacimiento. El alcalde, Joan Ribó, acompañado de la vicealcaldesa y concejala de Desarrollo Urbano, Sandra Gómez, y el presidente de la Diputación de València, Toni Gaspar, ha asistido al acto, donde también ha estado presente Pepe García Berlanga, sobrino del director, en representación de la familia.

Toni Cortés

Ribó ha manifestado que “para Luis García Berlanga, València siempre fue un lugar al que volver, la ciudad de sus recuerdos y una motivación para su arte”. “Esta placa es un homenaje sincero a una persona admirada y querida en nuestra ciudad y en el mundo del cine”, ha indicado Ribó, quien ha recordado que el guionista fue uno de los creadores de la Academia de las Artes Cinematográficas, entidad que el próximo año celebrará en València la 36ª edición de los Premios Goya.

Toni Cortés

Pepe García ha puesto de relieve que su tío, después de marchar a Madrid para continuar con su carrera, “siempre volvía aquí —a València— a vernos”, y la vivienda de la calle Barcelonina “era el punto de encuentro con todas las amistades de la ciudad”. “Cualquier excusa era buena para poder venir a València, porque le daba vida: el sol de Sorolla, la luz, la playa, el mar y, sobre todo, la gente, era para él excepcional”, ha señalado.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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