“8 de mayo… y entonces sucedió que…”, por José Luis Fortea

forteaJosé Luis Fortea

8 de mayo……………….y entonces sucedió que…………

……en 1920, hace hoy noventa y siete años, nacía en el pequeño pueblo de Arroyo de Oro (hoy llamado Mendizábal) perteneciente al departamento de treinta y tres, en Uruguay, Dionisio Díaz, quien al día siguiente de cumplir los nueve años, por su buen hacer y gesta realizada, acabaría siendo conocido como el “héroe de Arroyo de Oro”.

La localidad donde Dionisio nació, era una de las menos pobladas de todo el país, de hecho, sigue siéndolo en la actualidad, ya que en el censo realizado en 2011, contaba el ahora llamado pueblo de Mendizábal, con apenas ochenta y dos habitantes.

A las seis de la tarde de aquel sábado día 8 de mayo, María Luisa Díaz, de veintidós años, soltera, daba a luz un niño al que bautizaron el día 24 de ese mismo mes con el nombre de Dionisio. Los rumores de la época atribuyeron la paternidad de este niño a un tal Quintín Núñez, un hombre casado y vecino de la zona, poseedor de un rancho en el que los domingos, realizaba reuniones y fiestas, con el objetivo de entretener y amenizar aquel, en ocasiones demasiado, solitario y apacible lugar.

La matrona que ayudó en el parto a María Luisa fue precisamente doña Laurentina Núñez, la hermana del presunto padre, curandera de la localidad, encargada de asistir a las parturientas de aquella desolada zona habitada, entre los departamentos de La Rocha y Cerro Largo.

El niño, rubio y de ojos azules, fue presentado por el orgulloso abuelo, don Juan Díaz, de sesenta y cinco años, en el juzgado de Vergara correspondiente al departamento de Treinta y Tres, donde llegaría a eso de las diez de la mañana, acompañado por sus amigos Felipe Álvarez y Alfredo Guadalupe para que hicieran las veces de testigos e inscribir al recién nacido, como habitante “oriental” (que así llamaban a los nacidos en el pueblo de Oro).

Era don Juan, el abuelo del niño, un buen hombre, trabajador y familiar, poco dado a mostrar sus sentimientos, que sin embargo con el nacimiento de aquel nieto no podía dejar de mostrar una permanente sonrisa (al menos ese era el concepto general que sobre él existía).

Con el transcurso del tiempo, sin embargo, al cumplir aquel niño los seis años, el abuelo que había quedado viudo, empezaría a mostrarse cada vez más taciturno y menos comunicativo. Su hija, María Luisa que había cumplido los veintinueve años ya, tenía un nuevo compañero, un tal Luis Ramos, que al anciano su sola presencia y aquella manera de actuar, con tanta familiaridad, le irritaba sobremanera, teniendo en cuenta además que este era hijo de un vecino, al que apodaban “el zurdo”, con quien no tenía afinidad ni trato de amistad, manteniendo asimismo, desde hacía años, cierta rivalidad profesional.

Fruto de esa relación, nacería una niña, el 19 de febrero de 1928, a la que llamaron Marina, registrada en esta ocasión en el aludido Juzgado de Vergara, por el mismo Luis Ramos, en calidad de padre natural de la criatura.

El 9 de mayo de 1929, al día siguiente de haber cumplido Dionisio los nueve años, sobre las nueve de la noche, el abuelo de pronto se trastornó y sin llegar a conocerse verdaderamente, aún a día de hoy, la verdadera causa que desencadenó aquellos acontecimientos posteriores, cuchillo en mano, embistió contra su hija María Luisa, a la que asestó varios golpes, causándole diversos cortes en los brazos y profundas heridas, una en el pecho (a la altura del corazón) y otra en la espalda, por su costado derecho, que a la postre acabarían resultando mortales.

El niño siguiendo su instinto se interpuso en medio del ataque, para proteger la vida de su madre, recibiendo de la misma manera un corte en el brazo izquierdo, una herida penetrante en el muslo y otra en el vientre. El ruido de la refriega alertó al tío Eduardo (hijo de la mujer del anciano, que había tenido de un matrimonio anterior, y que este había criado como si fuera propio) que de la misma manera resultaría mortalmente herido, y que acabaría presentando seis heridas profundas a lo largo de su espalda. Es en este momento, en el que se producía el ataque del abuelo a su tío, cuando el niño aprovecha para ir a por su hermana y protegerla.

Envolviéndola en unas sábanas y a pesar de estar malherido, presentando una herida abdominal abierta, carga con aquella niña de apenas quince meses, refugiándose y escondiéndose en la casa anexa, donde habitaba su tío, en una de las habitaciones que daba a su patio exterior, de una noche aquella de mayo muy fría, que acabaría helando, procurando no hacer ruido y que la niña llorase, evitando llamar la atención de su abuelo, absolutamente con el sentido alterado.

Al amanecer, sobre las seis de la mañana cuando dejó de escuchar ruidos y lamentos, abandonó aquella casa, sin atreverse a mirar el escenario de lo sucedido esperando no encontrarse cara a cara con el agresor, huyendo campo a través, por aquellas arboledas, llenas de charcas, con extensas lagunas de aguas heladas y malezas altas, recorriendo los cerca de nueve kilómetros que les separaban del lugar más próximo, hacia la casa de Lalo González, un vecino que había sido policía y que era el alcalde en aquellos tiempos, a donde llega con la niña en brazos, venciendo el cansancio y haciendo frente a la adversidad.

Allí desmoronándose llegaría balbuceando; -“vengo herido, el abuelo enloqueció, mató a mamá y al tío, cuiden de mi hermana”-.

En el trayecto hacia el hospital fallecería aquel valiente hombre de tan sólo nueve años de edad, en los brazos de don Carlos Yelós, escribiente de la Comisaría de El Oro, que daría fe posteriormente de este suceso.

El cuerpo del abuelo a pesar de ser buscado no aparecería hasta tres meses más tarde, flotando en una de las lagunas de aquella zona, de un predio perteneciente al vecino Natalio Vergara, cuyo levantamiento sería certificado por el juez Correa, perteneciente a la 3ª sección del juzgado.

Su hermana fue adoptada por un matrimonio que vivía en el mismo departamento de treinta y tres, en una localidad llamada (ironías del destino) la “Cuchilla de Dionisio”, ignorando este hecho que había protagonizado de manera indirecta hasta cumplir los nueve años, al entrar en la escuela.

Sirva esta reseña para honrar pues la memoria de este héroe llamado Dionisio Díaz.