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Cultura

El musical «Un Día Cualquiera» triunfa en el Teatro Flumen tras su calurosa acogida en Nueva York, Londres, París y Madrid

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Un Día Cualquiera

Sin duda el arte y la cultura ayudan a levantar el ánimo en los tiempos que corren. Y eso es precisamente, levantar el ánimo del público, es lo que hace el musical «Un Día Cualquiera» (Ordinary Days) que está en el Teatro Flumen hasta el 14 de marzo después de una exitosa gira.

Este musical ‘feel-good’ contemporáneo escrito por Adam Gwon nos habla directamente de nuestro día a día, la conexión con las personas que nos rodean y cómo nuestras acciones afectan a los demás.

Si el teatro y la música siempre son necesarios, en los tiempos que vivimos se han convertido en esenciales. El espectador, tras ver la obra con todas las medidas de seguridad sanitaria oportunas, saldrá del teatro con los ánimos renovados y con la energía que irradian sus canciones.

Todo un evento “medicinal” que nos redescubre la belleza de lo cotidiano a través de 19 temas que conectan las vidas de cuatro personajes, de manera casual pero a la vez de forma extraordinaria.

La cita valenciana es el inicio de una gira por todo el país que pretende plantar cara a la pandemia, y poder llevar así un espectáculo de éxito mundial a teatros de toda España tras dos temporadas de gran éxito en Madrid.

«Un Día Cualquiera» se estrenó en Londres en 2008 y al año siguiente dio el salto a Nueva York, consolidando a Adam Gwon como uno de los compositores más prolíficos de la nueva generación de Teatro Musical de NY, avalado por diversos premios y por obras como «The Boy Detective Fails», «Cake Off» o «Cloudlands». Desde entonces, la obra se ha visto en todo el mundo, desde París a Buenos Aires. En 2015 llegó a Barcelona, recibiendo el Premio Teatro Musical al Mejor Musical Off al año siguiente. Y además, durante sus temporadas en Madrid, esta producción fue galardonada con el Premio Broadway World Spain 2020.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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