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Internet no es tan seguro como crees: consejos para protegerte
Publicado
hace 9 mesesen
En la era digital, el mayor peligro no es un ciberdelincuente experto ni un sofisticado virus. El verdadero riesgo está en confiar demasiado. Internet no perdona la imprudencia: usar contraseñas débiles, pinchar en enlaces dudosos o pensar que «eso no me pasará a mí» puede salir caro. La seguridad en línea comienza con una actitud consciente y precavida.
Los usuarios solemos movernos por Internet como si fuera un espacio completamente seguro. Recibir mensajes con promociones llamativas o enlaces en redes sociales forma parte del día a día. Pero esta familiaridad puede volverse en contra. Muchos incidentes comienzan con una acción aparentemente inofensiva: responder a un mensaje, instalar una aplicación o aceptar una cookie sin leer los términos.
Casos reales muestran cómo, incluso desde un simple SMS, es posible activar servicios de pago no deseados o exponer nuestros dispositivos a ataques. La normalización de estas prácticas ha abierto la puerta al fraude digital, sobre todo entre los más jóvenes o personas poco habituadas a revisar lo que aceptan.
Uno de los errores más extendidos es reutilizar la misma contraseña en múltiples plataformas. Aunque puede parecer práctico, esto convierte nuestras cuentas en objetivos fáciles. Si una clave es comprometida, todas las demás están también en peligro. Además, muchas contraseñas siguen patrones previsibles: nombres, fechas de nacimiento o combinaciones simples como «123456».
Para una protección real se recomienda utilizar contraseñas únicas, seguras y complejas. En caso de dificultad para recordarlas, existen herramientas de gestión que permiten almacenarlas cifradas de forma segura. Ignorar esta necesidad puede provocar accesos no autorizados a cuentas bancarias, correos electrónicos o redes sociales.
Conectarse a redes WiFi gratuitas puede parecer una buena idea para ahorrar datos, pero representa un riesgo importante. Estas redes, presentes en cafeterías, aeropuertos o centros comerciales, carecen muchas veces de cifrado, lo que facilita que terceros intercepten la información transmitida.
Para reducir el riesgo se recomienda:
Usar una VPN que encripte la conexión.
Evitar ingresar a cuentas sensibles desde redes públicas.
Desactivar el intercambio de archivos o conexiones automáticas.
Mantener los dispositivos actualizados con los últimos parches de seguridad.
Pasamos horas conectados en redes sociales sin considerar que también son una vía frecuente para el phishing, el robo de identidad o la propagación de malware. El contenido visual, los enlaces atractivos y la confianza en perfiles conocidos hacen que muchos usuarios hagan clic sin verificar la fuente.
Las redes también son espacios donde se difunde desinformación, se accede a contenido inapropiado y donde incluso se cometen delitos digitales. La mejor defensa es la precaución: verificar los enlaces, mantener la privacidad activa y limitar la información personal expuesta.
Aceptar cookies y condiciones de uso es una práctica común, pero poco segura si se hace sin leer. Aunque muchas cookies son inofensivas y necesarias para el funcionamiento de las páginas web, otras pueden rastrear el comportamiento del usuario para fines publicitarios o incluso recopilar datos personales sin conocimiento del usuario.
Asimismo, los términos de seguridad pueden incluir cláusulas que permiten el uso o venta de datos, cambios en los servicios sin previo aviso o incluso exonerar de responsabilidad a las plataformas en caso de fallos. Leer, al menos por encima, estos textos puede marcar la diferencia entre el control o la cesión total de la información personal.
La configuración básica de un dispositivo influye directamente en la exposición a riesgos. Mantener el sistema operativo actualizado, usar antivirus y activar el cortafuegos son medidas esenciales. También se recomienda:
Crear cuentas separadas por usuario, especialmente en dispositivos compartidos.
Limitar permisos de aplicaciones a lo estrictamente necesario.
Hacer copias de seguridad frecuentes.
Utilizar autenticación en dos pasos para acceder a cuentas importantes.
Cifrar datos sensibles en almacenamiento local o en la nube.
Estas prácticas, aunque requieren tiempo y atención, refuerzan nuestra seguridad y reducen la posibilidad de ser víctimas de ataques cibernéticos.
Internet es una herramienta poderosa, pero también un campo lleno de trampas para quienes bajan la guardia. Proteger nuestra información digital es proteger también nuestra economía, reputación y salud mental. No se trata de vivir con miedo, sino de tomar decisiones informadas y mantener una actitud crítica frente a todo lo que aparece en pantalla.
Recordar que detrás de cada enlace, cada formulario y cada red pública puede haber una amenaza, nos hará usuarios más conscientes y menos vulnerables. Porque, como dice el dicho, por la confianza entra el engaño.
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Publicado
hace 2 díasen
24 febrero, 2026
De foros vinculados a la cultura incel a TikTok y X: qué es el lookmaxxing, qué significa ser un “chad” y por qué genera preocupación entre expertos en salud mental.
El término lookmaxxing ha dejado de ser un concepto marginal de internet para convertirse en una tendencia visible en redes sociales como TikTok y X. La palabra combina los términos ingleses look (apariencia) y maximizing (maximizar), y alude a estrategias destinadas a potenciar al máximo el atractivo físico, especialmente masculino.
Medios internacionales como BBC y The Guardian han explicado que el concepto surgió a comienzos de la década de 2010 en foros relacionados con la llamada cultura incel (celibato involuntario). Con el tiempo, el fenómeno se ha extendido a públicos mucho más amplios, especialmente jóvenes interesados en estética, fitness y desarrollo personal.
En la práctica, el lookmaxxing incluye desde consejos básicos de cuidado personal hasta rutinas mucho más específicas orientadas a proyectar una imagen más masculina.
Entre los contenidos más habituales destacan:
Ejercicios faciales como el “mewing”, para marcar la línea de la mandíbula.
Corrección de postura para parecer más alto y seguro.
Cortes de pelo estratégicos según la forma del rostro.
Uso de barba para acentuar rasgos.
Rutinas detalladas de cuidado facial (skincare).
Elección de gafas y accesorios para equilibrar proporciones.
En estas comunidades también es frecuente el uso del término “chad”, empleado para describir a hombres considerados excepcionalmente atractivos, dominantes o líderes dentro de este ideal estético.
Dentro del movimiento se distinguen dos corrientes principales:
Softmaxxing: cambios reversibles como ejercicio, dieta, estilo, cuidado de la piel o peinado.
Hardmaxxing: intervenciones más agresivas, como cirugía estética, tratamientos hormonales o el uso de esteroides.
Esta segunda vertiente es la que más preocupación genera entre profesionales de la salud mental y expertos en imagen corporal.
El psicólogo Tom Hildebrandt, director de investigación en la Icahn School of Medicine at Mount Sinai, ha advertido que este tipo de corrientes pueden erosionar el sentido del yo y fomentar la insatisfacción corporal al promover ideales de belleza difíciles o imposibles de alcanzar.
Según diversos especialistas, la presión constante por optimizar la apariencia puede derivar en:
Ansiedad social.
Distorsión de la autoimagen.
Dependencia de validación externa.
Conductas de riesgo vinculadas a intervenciones estéticas o consumo de sustancias.
El fenómeno volvió al centro del debate tras la viralización de un vídeo protagonizado por el influencer conocido como Androgenic, vinculado a esta corriente estética. En el clip, difundido en X, un hombre le retira el sombrero y el peluquín en plena grabación callejera, generando millones de visualizaciones y reabriendo el debate sobre masculinidad frágil y obsesión por la imagen.
Tras la polémica, el creador aseguró que nunca ocultó su calvicie y que el uso de prótesis capilares formaba parte de su estrategia estética. El episodio evidenció hasta qué punto la construcción de la identidad visual en internet puede convertirse en objeto de escrutinio masivo.
En España, el lookmaxxing no ha alcanzado el nivel de organización de comunidades especializadas que existe en Estados Unidos o Reino Unido. Sin embargo, clínicas estéticas y expertos en imagen observan cómo parte de esta cultura se ha filtrado en lo que algunos denominan “Cultura del bienestar 2.0”.
Muchos jóvenes adoptan hábitos como:
Entrenamiento físico orientado a rasgos “masculinizados”.
Rutinas avanzadas de cuidado facial.
Interés por tratamientos de masculinización facial.
Optimización de estilo y lenguaje corporal.
No obstante, la mayoría lo hace sin adherirse a los postulados más extremos del movimiento original.
El auge del lookmaxxing no solo habla de belleza, sino también de cómo las redes sociales están redefiniendo los estándares de masculinidad. En un entorno digital donde la imagen es moneda de cambio, maximizar el atractivo puede convertirse en una forma de capital social.
La pregunta que plantean psicólogos y sociólogos no es si cuidar la apariencia es positivo —algo ampliamente aceptado—, sino hasta qué punto la obsesión por optimizar cada rasgo físico puede afectar a la autoestima y la salud mental.
En la era de la hiperexposición digital, el espejo ya no está solo en casa: está en la pantalla.
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