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Cultura

El emotivo homenaje de Jesús Arrúe al Papa Francisco: un retrato que celebra la inclusión y el amor sin condiciones

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Homenaje Jesús Arrúe al Papa Francisco

El artista valenciano Jesús Arrúe ha rendido un sentido homenaje al Papa Francisco con una obra que va más allá del arte: es un símbolo de agradecimiento, de esperanza y de inclusión. En su inconfundible estilo pictórico, Arrúe ha capturado no solo el rostro del Pontífice, sino también el espíritu de un líder que ha marcado un antes y un después en la historia de la Iglesia Católica.

Un retrato con alma

Jesús Arrúe, reconocido por su profunda sensibilidad artística y su compromiso social, presentó el retrato como un gesto de amor hacia quien ha abierto las puertas de una institución milenaria a todos, sin distinción.

La obra muestra al Papa Francisco con una expresión serena, cálida y humana, evoca la luz, la paz y la esperanza.

A través de los trazos y contrastes elegantes, Arrúe ha conseguido trasladar a lienzo no solo la imagen de un líder religioso, sino la esencia de un hombre que predica con el ejemplo.

Una Iglesia más cercana, más humana

Durante su papado, Francisco ha demostrado una voluntad clara de acercarse a todos los colectivos históricamente excluidos, especialmente al colectivo LGTBI.

Frases como “¿Quién soy yo para juzgar?”, pronunciadas en los primeros años de su pontificado, marcaron un giro en la narrativa eclesiástica, abriendo el camino hacia una comprensión más profunda y empática del amor, la identidad y la espiritualidad.

Este gesto artístico de Arrúe no es solo una muestra de admiración, sino también una celebración del cambio, de la evolución espiritual y de la inclusión como valor fundamental. Para muchos creyentes y no creyentes, este Papa ha sido —y es— un símbolo de progreso y humanidad en un mundo que aún lucha por entenderse a sí mismo.

La voz del artista:

» Vaya este mi homenaje al mejor pápa de la historia..
El que cambió las normas para que “todos”fuésemos iguales para la iglesia,
El que quizas hizo darle una visión nueva a mi poca fe…
Gracias Jorge Mario Bergoglio🖤»


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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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