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Cultura

«La habitación de María»: Concha Velasco vuelve a València

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concha velasco

Cualquier excusa es buena para ir al teatro. Para disfrutar de la magia de sentir en directo una historia y vibrar con sus personajes. Y sobre todo cuando tenemos la posibilidad de disfrutar de la magia  y la fuerza de una grande del cine y el teatro español.

Porque no hay excusa para perderse a Concha Velasco en su regreso a València con «La habitación de María» (Teatro Olympia hasta el 4 de abril) Porque la actriz vallisoletana es historia nuestra, de nuestro séptimo arte, de las artes escénicas, y lo demuestra en cada obra dando lecciones magistrales de interpretación. Sin necesidad de apoyarse en efectismos ni en secundarios que le den descanso sobre las tablas. Concha no necesita nada de eso, porque los grandes se bastan con su talento. Y la Velasco es una grande.

En «La habitación de María» se narra la vida de la célebre escritora Isabel Chacón que cumple hoy 80 años. La flamante ganadora del Premio Planeta, que no pudo recoger en persona por la agorafobia que sufre, celebra hoy su aniversario sin ningún tipo de acto público, ni familiar, como viene siendo habitual en los últimos años.

Son 43 años en concreto los que Chacón lleva recluida en su domicilio por su condición, la planta 47 de un rascacielos madrileño que ha convertido en su fortaleza y donde todo lo que necesita (comida, ropa, medicamentos…) le es llevado a casa.

Esa noche se produce un incendio y todos los inquilinos son obligados a evacuar el inmueble. Pero para Isabel esto es imposible, sencillamente no puede salir de casa. A medida que las llamas van llegando a la azotea, exactamente durante 75 minutos, Isabel tendrá que tomar la decisión más importante de su vida afrontando con un inteligente sentido del humor sus miedos, sus fantasmas, y todos los traumas de su vida que le han llevado a esta encrucijada, antes de que sea demasiado tarde.

Escrita por su hijo Manuel Martínez Velasco y dirigida por José Carlos Plaza, «La habitación de María» según la propia Velasco, será su último papel sobre el escenario. ¿Hay alguna excusa para no ir al teatro y disfrutar de todo su talento?

 

 

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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