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Cultura

«Nomadland» domina los Óscar con tres premios, incluido mejor película

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Los Ángeles (EE.UU.), 25 abr (EFE).- «Nomadland» fue la película más premiada de los Óscar de la pandemia con tres galardones: mejor cinta, mejor dirección (Chloé Zhao) y mejor actriz (Frances McDormand).

La realizadora china Chloé Zhao, la segunda mujer en toda la historia en anotarse el Óscar de mejor dirección (la primera fue Kathryn Bigelow por «En tierra hostil», 2008), dedicó el premio a la mejor película de «Nomadland» a la comunidad de nómadas que retrata en esta cinta y que conoció en sus largos viajes por carretera durante el rodaje.

«Gracias por enseñarnos el poder de la resiliencia y la esperanza, y por recordarnos cómo es la verdadera bondad», aseguró.

Por detrás de este aclamado retrato de las ruinas del capitalismo en EE.UU., que era la gran favorita en los Óscar tras arrasar en la temporada de premios de Hollywood, se situaron varias películas con dos estatuillas por cabeza.

«El padre» consiguió dos premios: mejor actor para Anthony Hopkins y mejor guion adaptado para Florian Zeller.

«La madre del blues» también hizo doblete con los premios de mejor vestuario y mejor maquillaje, esta última una categoría en la que fue reconocido el español Sergio López-Rivera.

Otro par de galardones se embolsó «Sound of Metal» con mejor montaje y mejor sonido, un apartado donde fueron galardonados los mexicanos Jaime Baksht, Michelle Couttolenc y Carlos Cortés.

Otras películas con doble estatuilla fueron «Mank» (mejor fotografía y mejor diseño de producción), «Soul» (mejor película de animación y mejor banda sonora) y «Judas y el mesías negro» (mejor canción, por «Fight for You», y mejor actor de reparto para Daniel Kaluuya).

Por otro lado, la surcoreana Yuh-Jung Youn consiguió el premio a la mejor actriz de reparto, la película danesa «Otra ronda» se proclamó mejor cinta internacional, y «Lo que el pulpo me esnseñó» se coronó como mejor documental.

La 93 edición de los Óscar se celebró este domingo con una gala muy singular que tuvo como punto central Union Station en Los Ángeles (EE.UU.) y que estuvo adaptada por completo a las medidas contra el coronavirus.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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