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AGENDA| Cuentos, títeres, música y robots para los más pequeños estas Navidades en la Fundación Bancaja

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VALÈNCIA, 26 Dic. (EUROPA PRESS) – Fundación Bancaja celebra desde este miércoles y hasta el próximo 4 de enero el programa de actividades ‘Nadal a la Fundació’ en el que ofrece actuaciones y talleres gratuitos dirigidos a los más pequeños, según ha informado en un comunicado.

Así, el programa contará con cuatro actividades distintas. Por un lado, el taller Mi familia, ¡vaya cuento!, en el que con el uso combinado de fotografías, palabras y creatividad, cada participante creará un cuento ilustrado sobre su propia familia. La actividad se dirige a niños y niñas de 8 a 12 años y se celebrarán tres sesiones individuales: el miércoles, 26 de diciembre y viernes 4 de enero, de 11 a 13 horas y el jueves 3 de enero, de 17 a 19 horas.

Asimismo, el miércoles 2 de enero, de 11 a 12 horas, se celebrará la sesión ‘Títeres de cuento’, dirigida a niños a partir de 3 años. A través de la poesía y las canciones, los asistentes disfrutarán de una historia basada en el cuento inglés ‘El hombre galleta de jengibre’.

Además, el viernes 28 de diciembre, de 11 a 12 horas, tendrá lugar la representación ¡Qué bien suena este cuento!, un cuento musical en el que se relatará la tradicional historia de ‘Ricitos de oro’ junto al sonido de un cuarteto de cuerda.

Por último, el jueves 27 de diciembre se realizará el taller ‘Construimos un robot’, en el que niños de entre 6 y 12 años se adentrarán en los conceptos básicos de la robótica y trabajarán en equipo con materiales LEGO para diseñar movimiento en robots. Este taller tendrá dos sesiones: de 10 a 11:30 horas para niños de 6 a 8 años y de 12 a 13:30h para niños de 9 a 12 años.

Para el taller de cuento ilustrado y el taller de robótica es necesario realizar inscripción previa. En el caso del cuento musical y el teatro de títeres, la entrada es libre, limitada al aforo, según las mismas fuentes.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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