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Cultura

Fallece el cantante Tony Bennett a las 96 años

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Tony Brenett

Tony Bennett, el artista cuya devoción por las canciones estadounidenses clásicas y su habilidad para crear nuevos estándares como I Left My Heart In San Francisco adornaron una carrera de décadas que le trajo admiradores desde Frank Sinatra hasta Lady Gaga, murió el viernes. Tenía 96 años, y estaba a solo dos semanas de celebrar un nuevo cumpleaños.

Adiós a Tony Bennett, el último gran crooner

La publicista Sylvia Weiner confirmó la muerte de Bennett a la agencia AP y dijo que murió en su ciudad natal de Nueva York. No había una causa específica, pero a Bennett le habían diagnosticado la enfermedad de Alzheimer en 2016.

«Disfruto entreteniendo a la audiencia, haciéndoles olvidar sus problemas», expresó Tony Bennett en 2006. «Creo que la gente se conmueve al escuchar algo sincero, honesto y tal vez con un toque de sentido del humor. Simplemente me encanta hacer que las personas se sientan bien cuando actúo».

A lo largo de su carrera, Bennett recibió elogios de sus colegas, pero ninguno fue más significativo que lo que dijo Sinatra en una entrevista para la revista Life en 1965: «Para mí, Tony Bennett es el mejor cantante en el negocio. Me emociona cuando lo veo. Él me conmueve. Es el cantante que transmite lo que el compositor tiene en mente y, probablemente, incluso un poco más».

Tony Bennett no solo sobrevivió al auge de la música rock, sino que resistió con éxito el paso del tiempo, ganando nuevos seguidores y colaboradores, algunos lo suficientemente jóvenes para ser sus nietos. En 2014, a la edad de 88 años, Bennett estableció un nuevo récord como el artista vivo de mayor edad en conseguir un álbum número 1 en la lista Billboard 200 con «Cheek to Cheek», su proyecto de duetos con Lady Gaga. Este logro demostró su continua relevancia y capacidad para cautivar a diferentes generaciones con su música y carisma.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

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la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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