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Cultura

Kooza: cuando el circo se transforma en arte

Publicado

en

Hugo Román

Kooza es mirar el mundo con los ojos de un niño. Es jugar, entretenerse con las cosas más simples y sencillas que nos rodean, esas que una vez nos hacemos adultos parecemos olvidar a base de trabajo, móviles y preocupaciones.

Porque Kooza te enseña a no perder el tiempo en cosas absurdas con las que malgastar la vida. Kooza nos enseña a través de la mirada de un niño a vivir la vida, a volver asombrarnos. A ver las cosas como si las viéramos por primera vez. A redescubrir el mundo.

Kooza es una oda a la fantasía y a la imaginación con mayúsculas. Un canto al circo lleno de color y de magia. Una invitación a un universo en el que nuestra alma será nuestros ojos. Un homenaje al circo más mágico e impresionante.

Cirque Du Soleil nos brinda en Kooza (en València hasta el 14 de julio) la oportunidad de disfrutar de un espectáculo único. Con un elenco internacional de 50 acróbatas, payasos, músicos, cantantes y actores, Kooza nos ofrece emocionantes proezas acrobáticas que te harán contener la respiración y el humor más loco y disparatado, acompañado en todo momento de una banda sonora en directo que fusiona jazz, funk, sonidos exóticos y ritmos de Bollywood.

Una atmósfera y una puesta en escena brillantemente coreografiada que te hace soñar con los ojos abiertos. Una belleza audiovisual llena de plasticidad que nos hipnotiza con su vestuario y su mágica iluminación y que nos hace sentir como en otro universo, un universo de sueños. Nos hace volver a nuestra infancia.

Escribir más sobre Kooza sería desvelar esa sorpresa que os espera debajo de esa gran carpa azul y amarilla. Ese regalo para los sentidos que aguarda y que te hará volar durante todo el espectáculo. Ese regalo que te devolverá a esos años de inocencia.

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Cultura

Los secretos de la Finca Roja de València

Publicado

en

la finca roja de valencia
Foto: Hugo Román

La Finca Roja de València es uno de los símbolos de la ciudad. El sello inconfundible de Enrique Viedma Vidal quedó plasmado en muchas construcciones en la València de los años 20 y 30. Puede que cuando el arquitecto valenciano planificara las 378 viviendas y 14 patios que hoy ocupan la manzana de las calles Jesús, Albacete, Marvá y Maluquer no fuera consciente de que estaba a punto de levantar uno de los edificios más icónicos de la ciudad. Todo un símbolo que nació con otro objetivo bien distinto.

Construido entre 1929 y 1933, se buscaba la funcionalidad y aprovechar al máximo los más de 15.000 m2 de la manzana para uso de la comunidad. Una comunidad formada por los obreros del Instituto Nacional de Previsión que buscaban vivienda en València a cambio de un chavo al mes. De hecho antes de ser popularmente conocida como Finca Roja, los vecinos de la capital del Turia la bautizaron como la “finca del chavo“ por ese motivo.

En el ladrillo caravista de color rojo que le confiere esa personalidad, y su sobrenombre, se puede apreciar la influencia de la escuela holandesa. Pero la originalidad de este residencial no se queda tan solo en su colores rojo y azul turquesa o en su original fachada con sus formas geométricas, repletas de detalles. En su interior, en sus entrañas, esconde en secreto sus orígenes.

Inspirado por el filósofo francés Charles Fourier, Viedma rompió con modelos de la época a la hora de proyectar la finca buscando dotarla de servicios, de recreo y descanso para niños y mayores.

La Finca Roja de València:

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La idea era que los bajos comerciales se abrieran al patio interior, para así proveer a los vecinos. Este modelo de autogestión que buscaba aprovechar su peculiar estructura y su patio interior, debía autoabastecerse de agua gracias a los torreones de las esquinas, pensados como depósitos, idea que nunca se llevó a cabo.

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Han pasado muchas décadas, y sus actuales vecinos disfrutan sabedores de encontrarse en un espacio único, en el que cada ladrillo esconde historias, sueños e ilusiones del pasado. Ya no queda nada de aquellos comercios que tenían acceso al interior. Otros elementos también han ido desapareciendo con el paso de los años.

Ha pasado el tiempo, tantos que muchos de los que allí viven desconocen parte de esa historia escrita sobre ladrillo rojizo. Ladrillos que visten pisos de 100 metros cuadrados o de 140 en el caso de algunos que recaen en los chaflanes.

El enorme patio ajardinado es un lugar de descanso donde los vecinos pueden disfrutar del aire libre sin salir de sus casas. Un lugar de encuentro para desconectar, charlar, jugar o pasear al perro.

Un lugar en el que historia y arquitectura se dan la mano.

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